LA HIPÓTESIS FENICIA

La historia marítima de los fenicios empieza hacia el siglo XXIV a.J.C. y llegaron a gozar de una fama tal  que Salomón pidió al rey Irma de Tiro que le mandara carpinteros para construir una flota sobre el Mar Rojo, así como marinos para llevar esta flota hasta el país del Ofir [Antiguo Testamento: Reyes I, 10.22].

La localización geográfica de Ofir está exactamente en la misma situación que la Tierra de Punt. Ambos países se hallan “lejos,  en el sudeste”; el viaje empieza de un puerto en el Mar Rojo y dura tres años,  entre ida y vuelta, para ambos destinos. Los productos de Ofir coinciden en general con los que los egipcios traían de Punt y escalas: oro, maderas preciosas, especias, incenso, esclavos, etc. [Avezac – Macaya Marie Armand Pascal d’: Memoire sur le pays d’Ophir oú les flotes de Salomon aillent  chercher l’or.l’ Académie des Inscriptions et Belles Lettres 30 (1864), Paris; Richard Hennig : Terrae Incognitae, 4º vol., Leiden, Brill 1950].

Seguimos a los fenicios de la mano de Paul Gallez [La Cola del Dragón, p. 150 y ss.] y nos dice que,  siendo Salomón yerno del faraón, es muy natural que por su esposa haya obtenido de su suegro las informaciones necesarias para organizar una expedición a la Tierra  de Punt o a un país vecino. Los fenicios ya formaban las tripulaciones de las flotas egipcias y asumían su dirección técnica antes de tomar el mismo papel  en la flota de Salomón. Enterados más que por sus jefes egipcios y hebreos de los problemas y de los beneficios de la navegación al Extremo Oriente, era muy natural que los fenicios intentaran también sus expediciones por cuenta propia.

Se puede preguntar cómo sus flotas tenían acceso al Mar Rojo y al Océano Índico, cuando su país sólo ocupaba una pequeña franja del litoral mediterráneo. Las respuestas son varias, dice Gallez. Los fenicios eran originarios del Golfo Pérsico, de donde llegaron al actual Líbano. Sus primeras expediciones pueden haber tenido lugar antes de esta migración, a partir del Golfo Pérsico. En el siglo VI,  Fenicia fue incorporada a la Persia de Ciro, y otra vez los fenicios podían salir por el Golfo Pérsico  en flotas oficialmente persas pero de hecho fenicias. Durante más de un milenio y bajo varias denominaciones, las flotas fenicias  cruzaron el Mediterráneo, el Atlántico, el Mar Rojo y el Océano Indico. Sus marinos y marineros podían muy bien haber dejado inscripciones fenicias en los países que visitaban, aún cuando realizaban las expediciones por cuenta de un rey no fenicio [ Lienhardt Delekat: Phönizier in Amerika. Bonn 1960].

Lo que nos lleva a esta  hipótesis fenicia  es una serie de elementos considerados como fenicios en varios lugares de Sudamérica.

Dick Edgar Ibarra Grasso ha identificado  dos naves fenicias en las estelas centrales del templo de Sechim, en el Valle de Casma, en la costa peruana [La representación de América en mapas romanos de tiempos de Cristo. Buenos Aires, 1970,  pp. 175-177]. Se considera generalmente que  estas ruinas datan de hace 3.000 años. Otros monolitos de la zona representan una gran nave oceánica y un sextante [Julio C. Tello: Arqueología del valle de Casma.  Lima, 1956].

Más extraordinarios  son los descubrimientos de Bernardo Silva Ramos. Este autor, presidente del Instituto Geográfico de Manaos, ha recorrido la selva amazónica durante más de veinte años buscando, fotografiando y copiando 2.800 inscripciones rupestres, reconociendo la mayor parte de ellas como fenicias y las otras como griegas [Bernardo de Azevedo da Silva Ramos: Inscripçoes e tradiçoes da America  prehistorica, especialmente do Brasil. Río de Janeiro, Imprenta Nacional, 1930].

El orientalista Lienhardt Delekat [Phönicier in Amerika, Bonn,  1969] ha demostrado, por lo menos, el carácter cananeo de la Piedra de Paraíba (actualmente la ciudad se llama Joao Pessoa y es capital del estado de Paría, al sur del Cabo San Roque, en Brasil).  La piedra, que al encontrarla en una plantación se partió en cuatro pedazos,  desapareció,  pero antes se hicieron copias de la inscripción. Fue encontrada el 11 de septiembre  de 1872 y quizás sea una prueba de que navegantes fenicios llegaron a Brasil dos mil años antes de su descubrimiento oficial. 

El estudio más completo sobre el texto de Paraiba se debe a Delekat, de la Universidad de Bonn [Paul Gallez: Predescubrimientos de América, Bahía Blanca, Instituto Patagónico 2001, pp. 41 y ss.]. El autor analiza cada una de las formas gramaticales de este texto, comparándolo con el arameo, el hebreo antiguo, el sidonio y otros dialectos cananeos, particularmente con respecto a las formas del imperfecto consecutivo. Delekat concluye que el texto está escrito en sidonio antiguo de fines del siglo VI a.J.C.

La traducción que da Lienhardt Delekat  es la que sigue: “Somos hijos de Canaán, de la ciudad de Sidón. El reino se dedica al comercio. Estamos varados en esta costa montañosa lejana y queremos sacrificar ante los dioses y las diosas. En el año 19 del reinado de Irma, hemos zarpado de Ezlon Geber por el Mar Rojo,  con diez barcos. Hemos navegado ya dos años y hemos circunnavegado esta tierra, tanto caliente como lejana de las manos de Baal (i.e. fría) y hemos llegado aquí doce hombres y tres mujeres, porque en otra costa diez de ellas han muerto, porque habían pecado. Que los dioses y las diosas nos sean favorables”.

Las traducciones de Netto, de Schlottmann y de Gordon difieren de la interpretación de varias palabras. El rey Hiram aludido sería Hiram III, cuyo decimonoveno año del reinado corresponde al 532 a.J.C. [Heinke Sudhoff: Sorry, Columbus. Bergisch Gladbach, Lübbe, 1990]. El estudio  del texto lleva a Delekat a una conclusión inesperada. Los navegantes fenicios habrían llegado a Brasil por el Pacífico, pasando por el sur del Estrecho de Bering y el sur del Cabo de Hornos (zonas frías) y, entre estas dos regiones, por Mesoamérica (zona caliente).

No cabe la menor duda sobre la capacidad de las naves fenicias -estén al servicio de los hebreos, de los egipcios o de los persas- para realizar el viaje  transpacífico utilizando las corrientes marinas y los vientos regulares. Las naves egipcias desplazaban 6.500 toneladas, como la de Ptolomeo IV Philopator (222-205 a.J.C.); de hecho,   el historiador hebreo Flavio Josefo habla de barcos que, además de su tripulación, llevaban seiscientos pasajeros y mercancías [Paul Herman: Las aventuras de los primeros descubrimientos, Barcelona, Labor 1967; Jacques de  Mahieu: La agonía del dios-sol, Buenos Aires, Hacchette, 1977].

Ibarra Grasso ha comparado los navíos de comercio del Mediterráneo oriental del siglo III a.J.C. con las naves pintadas en la alfarería mochica al norte del Perú. Estos barcos son prácticamente idénticos y se caracterizan principalmente por un puente continuo de proa a popa cargado de jarras llenas de vino, de aceite, etcétera. Es de destacar que este tipo de naves sigue circulando en el Mar Egeo y en Indochina, pero, según el estado actual en la Historia, jamás se han conocido en el Perú. A un protohistoriador actual le tocó descubrirlo en las pinturas mochicas y darle su explicación [Dick Edgar Ibarra Grasso: La representación de América en mapas romanos de tiempos de Cristo, Buenos Aires, 1970; Al-Masudi: Kitab al tanbih wa’l-Israf en Michael Jan de Goeje: Bibliotheca Geographorum, t. 8. Leiden, Brill 1870 – 1889].

Los barcos egipcios o fenicios que salían del Mar Rojo habían de seguir el itinerario tradicional por Malabar, Taprobana (Ceilán) y el Chryse Chersonesos (Península de Malaca) hasta Zabai en Borneo, y desde  allí aprovechar la corriente del Pacífico Sur hasta Kattigara, que para fines de cálculo situaremos en el Perú; la vuelta se haría por la corriente ecuatorial hasta Borneo y desde allí por el mismo camino que el de ida. La longitud de estos trayectos sería de unos 39.000 km. (21.058 millas) de ida y de 34.000 km. (18.358 millas) de vuelta. En total, 73.000 km. (39.416 millas náuticas).

Ahora bien, Herodoto de Alicarnasso [Los nueve libros de la Historia IV; G.E. Gerini: Early Geography of Indo-China. Journal of the Royal Asiatic Society 1897]

escribe que las naves de su época solían navegar 70.000 orguías (brazas) con la luz del día y otras 60.000 de noche; en total, 130.000 orguías (brazas) en una singladura, cada veinticuatro horas, y utiliza este dato para calcular la anchura del Mar Negro. Y señala Paul Gallez que ha utilizado el mismo método para estimar la duración de los viajes a Kattigara. Las 130.000 orguías equivalen a 240 km., que Hennig reduce a 200 km. para dejar un margen a las eventualidades de la navegación. Sobre esta base, el viaje de los 73.000 km. supone 365 días de navegación efectiva [Richard Hennig: Terra Incognitae I,  4 vol. Leiden, Brill, 1950; Georges Grosjean y Rudolf Kinauer: Kartenkust und Kartentnicht vom Altertum bis zum Barock. Bern y Stuttgart, Hallwag, 1970].

La duración total de tres años mencionada para el Punt y para el Ofir [6 Reyes I 10 20] dejaba dos años para las escalas, la estadía en Kattigara y eventuales pérdidas de tiempo por tempestades y reparaciones. No hemos tenido en cuenta los vientos contrarios, pero tampoco los vientos favorables ni la gran ventaja de la corriente circular del Pacífico Sur. Este cálculo prueba –dice Gallez- que la realización del viaje a Kattigara en tres años corresponde perfectamente a las posibilidades de la época.

Por cierto, algo que no deja de ser curioso: antes se dijo que el viaje de ida y vuelta sería de unos 73.000 km. (39.416 millas),  y resulta que calculando las distancias sobre un mapa moderno entre Suez y Panamá, pasando por Adén, Freemantle y Wellington,  encuentro que la distancia real es 15.765 millas en el viaje de ida, es decir, más de 31.000 millas náuticas incluyendo el regreso. La conclusión –afirma Paul Gallez- es inevitable: los fenicios predescubrieron América en el primer milenio antes de nuestra era.

Quadrant de doble arc / Cuadrante de doble arco / Double arch quadrant (Cortesía: Fundació Jaume I, Nadal, 1991)


EL MISTERIO DE LA COLA DEL DRAGÓN 

Afirma Paul Gallez que el reconocimiento de la hidrografía de la Cola del Dragón, la completa  identificación de todos los ríos de Sudamérica en el ptolomeo de Martellus (Hammer) de 1489, sin que falte  ni  sobre ninguno, es una prueba evidente de la corrección de nuestra interpretación. A primera vista, el “parecido” de ciertos ríos del ptolomeo con la realidad sudamericana podría ser una casualidad. Para el sistema Paraná – Paraguay, único en el mundo por su conformación,  orientación,  tamaño y situación con respecto a las costas, la casualidad es imposible. En cuanto a los otros ríos, se confirman recíprocamente. Por si fuera poco, el método de la distorsión aplicado a la Cola del Dragón de Henricus Martellus confirma el análisis hidrográfico, lo completa con nuevos lagos y ríos  permite identificar varios cabos. La Cola del Dragón del ptolomeo de Martellus ha pasado de la protocartografía a la cartografía. 

La hipótesis de mapas falsificados – prosigue Paul Gallez- surge inmediatamente cuando se piensa en la famosa historia del mapa de Vinlandia adquirido por Universidad de Yale. La hipótesis no es válida para los mapas de Martellus. En este caso, habría sido necesario falsificar de la misma manera el mapa guardado en la British Library y el mapa conservado en la Universidad de Leiden, lo que es totalmente imposible.

Además,  ¿con qué intención se habrían falsificado ambos mapas? ¿Para mostrar que la Cola del Dragón es América del Sur?

En esta identificación creían Cristóbal Colón, Hojeda,  Vespucio y, quizás,  hasta Magallanes. Pero ninguno de ellos podría haber dibujado el curso interior de los grandes ríos sudamericanos, que les era completamente desconocido.

Aún un supuesto falsario del siglo XVI no hubiese podido agregar al mapa los ríos Colorado, Negro y Chubut de la Patagonia, cuyo descubrimiento y reconocimiento no se hace hasta fines del siglo XVIII para el Negro y el siglo XIX para los otros dos ríos.

Para el Dr. Gallez, la identificación de la Cola del Dragón con Sudamérica ha quedado olvidada y perdida a finales del siglo XVI, hasta que Enrique de Gandía [Primitivos navegantes vascos. Buenos Aires] la supusiera nuevamente en 1942. Ya era demasiado tarde para falsificar los mapas de Londres y de Leiden.

Por otra parte, el mapa de al-Juarizmi pertenece al mundo árabe, muy distinto del mundo europeo y mediterráneo donde trabajaba Martellus. La Cola del Dragón de al-Juarizmi tiene tantos elementos comunes con la de Martellus, que se trata indiscutiblemente de la misma península: se trata de Sudamérica. Así pasa también de la protocartografía a la cartografía la Cola del Dragón de al-Juarizmi.

En cuanto a la identificación de la costa sudamericana del Pacífico en Ptolomeo y en Marino de Tiro, era conocida de los geógrafos entre 1489 y 1574 y fue nuevamente demostrada por Ibarra Grasso y Enrique de Gandía.

Grandes son las repercusiones protohistóricas de estos descubrimientos -apunta Gallez-, y añade que  el mapa de Martellus es mucho mejor que los mapas de Sudamérica que se conocían de la primera mitad del siglo XIX, principalmente en lo que se refiere a los ríos patagónicos Colorado, Negro, Chubut y Grande de la Tierra de Fuego. “La mera existencia de este mapa antes del viaje de Colón –escribe Paul Gallez- implica expediciones de descubrimiento y de reconocimiento detallado de todo el interior del continente”. En este punto quedamos en la protohistoria. No podemos pasar a la historia porque las numerosas hipótesis que hemos recogido o elaborado hasta ahora no han hallado todavía su prueba indiscutible y definitiva, por muchos que sean los elementos arqueológicos, lingüísticos, etc., en que se apoyan.

Sigue diciendo Paul Gallez que para el mapa de Martellus de 1489 le ha sido completamente imposible indicar sus fuentes, pues la posible presencia de mercaderes egipcios, fenicios o chinos en la costa pacífica sudamericana  no implica de ninguna manera que hubiesen podido recorrer todo el continente y levantar correctamente su mapa. Con el mapa de Martellus estamos en plena cartografía, puesto que hemos identificado los ríos, montañas y cabos, pero no hemos llegado siquiera a la protohistoria, porque  no hemos podido formular ninguna hipótesis sobre las expediciones que han hecho posible el levantamiento de un mapa tan perfecto. 

En cuanto a los problemas protohistóricos que surgen de la existencia del mapa de Martellus, Paul Gallez los descompone en las siguientes preguntas:

  1. Fecha del predescubrimiento. Llamamos predescubrimiento a la expedición que contribuyó mayormente a aportar los conocimientos que Martellus (Hammer) trasladó a su mapa. ¿Es poco antes de la confección del mapa, en el siglo XV? ¿Es antes de 1428, cuando el Infante Don Pedro de Coimbra trajo de Roma o Venecia un mapa que ya llevaba el Estrecho Patagónico? ¿Fueron en la Antigüedad, los egipcios, los fenicios o chinos, u otros que todavía no sospechamos?

  2. Reconocimiento de la costa atlántica. Existen las tesis de Jacques de Mahieu, que atribuye esta exploración a los vikingos [Drakkares en el Amazonas. Buenos Aires. Hachette, 1978. (Drakkar es una  voz escandinava usada por algunos para designar a los barcos vikingos con una cabeza de dragón en lo alto de la roda, a modo de mascarón de proa)];  la de Dick Edgar Ibarra Grasso, que propone a los genoveses [América del Sur en un mapamundi de 1489.  Revista de Historia de América,  nº 101 (enero-junio  1986) 7-36. México], y muchas otras interpretaciones de los siglos pasados, todas relatadas y rechazadas por José Imbelloni [La segunda esfinge indiana]. Buenos Aires, Hachette, 1956].

  3. Reconocimiento del interior. Varias tesis protohistóricas están en competencia: los egipcios de Barry Fell, los fenicios de Bernardo de Azevedo Silva Ramos, Dick Edgard Ibarra Grasso y Lienhardt Delekat, los vikingos de Mahieu, etc. El problema es arduo porque Martellus conocía todos los grandes ríos sudamericanos, incluso los de Patagonia y Tierra del Fuego.

  4. ¿A qué centro cultural ha sido comunicado el descubrimiento? Esta pregunta depende de las precedentes. Si los faraones conocieron los secretos de América, estos conocimientos  pudieron perderse de la misma manera que se  perdió el conocimiento del itinerario a la Tierra de Punt, identificado o no con América, y como se desvanecieron los secretos de la Gran Pirámide. Asimismo, los mercaderes fenicios perdieron su secreto comercial cuando la situación mundial les obligó  a abandonar los viajes al Extremo-Oriente. Los chinos transformaron sus viajes en leyendas cuando sus guerras internas pusieron término a sus grandes expediciones transoceánicas.

  5. ¿Quién ha transmitido estas informaciones a Italia?  La pregunta ofrece unas hipótesis que hemos esbozado, dice Paul Gallez. Los franciscanos de la Edad Media pueden haber obtenido la información en China y haberla transmitido a Roma. Estas relaciones fueron muy intensas particularmente en la época que Montecorvino era arzobispo. Los venecianos y florentinos ejercían un comercio muy activo con Alejandría durante la segunda mitad de la Edad Media, y podrían haberse enterado allá de informaciones antiguas conservadas más o menos en secreto. Todas estas hipótesis son muy débiles, pero no existe ninguna otra. El campo está abierto a los investigadores del Próximo y del Extremo-Oriente.

  6. ¿Cómo consiguió Henricus Martellus (Heinrich Hammer) la información? Una vez en Italia la información, no debía existir gran problema para conseguirla, ya que el cartógrafo alemán Martellus trabajaba para los medios oficiales, tanto en Florencia como en Roma. Sus relaciones con la Iglesia debían ser muy buenas, puesto que había pertenecido a la escuela del Cardenal Nicolás de Cusa, el sabio obispo de Brixen, muy activo en la política del Vaticano. De sus relaciones con los  mercaderes florentinos no sabemos nada, pero es evidente que cartógrafo y comerciantes tenían el mismo interés: saber más acerca del Oriente, país de las Especerías.           

Se trata de problemas encadenados, todos protohistóricos. Se pueden formular hipótesis, que deben ser posibles. No se puede pedir pruebas, porque no las hay. Y expone  Paul Gallez que “sería un error de método querer aplicar rigurosamente las reglas de la crítica histórica a unas hipótesis protohistóricas. Tal procedimiento llevaría simplemente a la destrucción de todas las hipótesis, sin beneficio para nadie”

 Una hipótesis débil invita a seguir buscando datos nuevos, prestar nuevas interpretaciones a los  antiguos, a meditar las teorías ajenas y propias, a profundizar sus interrelaciones, a buscar caminos nuevos que se enlazan  y entretejen  y que pueden quizás reforzarse mutuamente.

Para concluir, afirma Paul Gallez que “en contraposición con estas hipótesis que quedan por ahora en  la protohistoria, se destacan las nuevas realidades cartográficas: la presencia de Sudamérica en los mapas de  Martellus, de al-Juarizmi y de Marino de Tiro. Todo el resto es un enigma sin resolver: es  el Misterio de la Cola del Dragón”.

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