LA HIPÓTESIS CHINA

Seguimos ahora los pasos de Paul Gallez en La Cola del Dragón – América del Sur en los mapas antiguos, medievales y renacentistas.  La hipótesis china se apoya en la expresión de Ptolomeo en su Geographike Hyphegesis: Kattigara, fondeadero de los chinos. El viaje podía utilizar la corriente circular del Pacífico meridional que va de Australia hacia Sudamérica por  el sur. La misma corriente circular podía también utilizarse para la vuelta desde el Perú hacia las Molucas, en un clima mucho más benigno que para el viaje de ida.

Estos datos, deducidos del documento alejandrino, se hallan confirmados por los Anales de China, en particular por los de la dinastía Han, que cuentan que en 219 a.J.C. el emperador Shih-Huang-Ti  envió “una expedición de jóvenes de ambos sexos a un país maravilloso situado muy lejos al este, allende los mares, llamado Fu-Sang. Los jóvenes se  quedaron allí y vivieron felices”.

La hipótesis del Fu-Sang halla confirmación en otra sección de los Anales de China, la que se refiere al siglo V de nuestra era. Según Ma-Twan-Lin, el sacerdote budista Hwui-Shin volvió de Fu-Sang  en el año 499 [Richard Hennig: "Terrae Incognitae",4 vol. Leiden, 1950]. Describió este país situado a 20.000 lis (Lí: medida itinerante china, equivale a 576 metros) hacia el oriente, con sus habitantes, sus costumbres, las casas, los árboles, los animales. Hwui-Shin explica que el Fu-Sang está situado “en la costa oriental del mar oriental”; es decir, en la costa americana del Océano Pacífico, según lo afirma Tun-Fang-Soh [Gustav Schlegel: Fu-Sang Kouo, le pays de Fu-Sang. Extrait du Toung – Pao, III 2. Leiden, Brill 1892]. Curiosamente,  en la enciclopedia china San-ts’ ai t’u-hui presenta el dibujo de un hombre de Fusang que ordeña una llama [Gustave Schlegel, op. cit. 127]. “¿Quiere uno una prueba más clara de la identificación de Fu-Sang con el Perú?” se pregunta Jane et al. Wheeler Pires Ferreira [Domesticación de los camélidos en los Andes centrales durante el periodo precerámico. Journal de la Société des Americanistes  LXIV 155-156. Paris, 1977].

CHINOS EN AMÉRICA

Continuamos con  Paul Gallez en Predescubrimientos de América (pp. 61-64, Bahía Blanca, 2001). Dice el autor que numerosos orientalistas del  pasado  discutieron  con pasión la localización de Fu-Sang. El primero fue Joseph de Guignes  [Le Fou Sang des Chinois est el l’Amerique? Memoires de l’Académie des Inscriptions et Belles Lettres, tome 28, Paris, 1761], quien tomando al pie de la letra la expresión “al este de China” situó a Fu-Sang en México. Durante todo el siglo XIX apoyaron o atacaron esta tesis Neumann, de Paravey, Eichtal, Leland, Hervé Saint Denis, Klaproth, Vivien de Saint Martín, Bretschneider, Schlegel, Dall, Müller y Chamberlain. Casi todos alemanes o franceses que vivían en Paris. El estudio más importante  es el de Edward Winning [An inglorious Columbus or evidence that Hwishin and a party of Budhist monks of Afghanistan discovered America in the fith century. New York, Appleton, 1885], que aporta numerosos argumentos nuevos y poderosos a favor de la tesis  original de  Guignes.

Es increíble -señala Gallez- como la pasión se apodera de algunos hombres de ciencia, sin que medie ningún interés material. Solamente está en juego el prestigio científico de los que “se niegan a comulgar con ruedas de molino” contra los que “están liberados de las mezquindades  y las tradiciones del oscurantismo”. Para consuelo nuestro, prosigue, la ciencia actual está más libre para proponer soluciones heterodoxas; es decir, novedosas. Los elementos antropológicos de América apuntan a los mongoloides, afirma, no a los chinos. Queda mucho por estudiar sobre estos temas.  

ANCLAS CHINAS DE PIEDRA EN  PALOS VERDES (CALIFORNIA)

Àncores xineses / Anclas chinas / Xinese anchors (Cortesía: Fundació Jaume I, Nadal, 1991)


La disputa más reciente sobre las migraciones de los chinos en América confirma que los especialistas actuales siguen con la misma mentalidad que los del siglo XIX. Se trata del caso de las anclas de piedra de Palos Verdes, una hermosa península situada a pocos kilómetros al sur de Los Ángeles, California, [Frank J. Frost, The Palos Verdes Chinese Anchor Mistery. Archeology 31/1, New York 1982]. Aquí también se manifiesta la intransigencia de las dos posiciones adoptadas por los científicos. En 1973, un barco de servicio de geología de la Armada de Estados Unidos encontró a  cierta distancia de Palos Verdes, a gran profundidad, unas piedras evidentemente trabajadas por la mano del hombre, similares a las que se utilizaban en el Mediterráneo en la Edad de Bronce (ca. 1500/1100 a.J.C.). El manganeso depositado sobre estas rocas indicaba una larga inmersión en el fondo del océano. En 1975, frente a Palos Verdes, y a poca profundidad, dos buzos profesionales hallaron más de veinte piedras trabajadas alrededor de un escollo cubierto de algas y trajeron algunas a su base de Redondo Beach para examinarlas.

William Clewlow, del  Instituto de Arqueología de la Universidad de California, y James Moriarty, antropólogo de la Universidad de San Diego, declararon a la prensa que estas piedras eran anclas chinas y que debían tener entre 500 y 1000 años de inmersión. Mandaron algunos ejemplares a la Universidad de Minnesota y a un organismo científico chino. El historiador Fang Zhong  Po  publicó en China Reconstructs un artículo donde recordó la visita a América del monje Hwutshin y afirmó que las piedras perforadas eran de una roca típica del sur de China. El agujero servía para pasarles una cuerda y usarlas como anclas, y eran del tipo que se utilizó en China durante varios milenios.

Pero pronto aparecieron los contradictores, que aseguraron que este tipo de piedra también se encuentra en Monterrey, a 100 kilómetros al sur de San Francisco. El paso siguiente  fue atribuir su confección a los emigrantes chinos del siglo XIX atraídos a California por la fiebre del oro. Los que no tuvieron suerte en las minas se dedicaron a su ocupación original, la pesca, confeccionándose sus propias anclas con piedra local. Las piedras grandes se usaban para los barcos y las pequeñas para las redes.

¿Es tan difícil saber –pregunta Paul Gallez- si una piedra ha estado sumergida durante un siglo o un milenio, y si la acumulación de manganeso ha podido hacerse en 100 o en 1.000 años? Y si esta cristobalita es típica de China o de California.

Una vez más -recuerda Paul Gallez-  los especialistas parecen más decididos a defender una tesis preestablecida que a buscar la verdad científica, por miedo a que ésta ponga en peligro sus teorías que han enseñado durante años. La resistencia al cambio es uno de los principales frenos al progreso científico”.

Más información sobre las áncoras de piedra sumergidas en California nos la proporciona el Dr. Gustavo Vargas [Fusang – Chinos en América  antes de Colón, México, Edición Trillas, 1980, pp. 42, 43 y 44], al decir que el profesor James R. Moriarty, de la Universidad de San Diego, declaró en 1976 que se descubrieron dos artefactos de piedra, una de forma cilíndrica y otro de forma equilateral, que se habían extraído de aguas profundas de la península de Palos Verdes (California).

El segundo hallazgo fue   efectuado por el buque de investigación estadounidense “Pioneer”, que extrajo de los alrededores de Point Medecino (California)  una gran piedra redonda que tenía un hueco en el centro, cubierta por una capa de mineral de manganeso.  Por la tasa de acumulación de dicho mineral se pudo saber que la piedra estuvo en el fondo del mar entre 2.000 o 3.000 años. El profesor Moriarty sostiene que estas piedras son anclas de barcos chinos porque hay registros históricos que muestran como chinas esta formas, y también que en América no se usó jamás este tipo de piedra. Por lo demás, por su tamaño, debían ser de barcos transoceánicos. El doctor Fang Zhongfu, del Instituto de Investigaciones de Transporte Marítimo de Beijing, manifestó en 1980: “El descubrimiento de las anclas de piedra ofrece nuevas pruebas para el estudio de la historia del intercambio entre  China y América”.

Nuevos informes, esta vez de 1984, señalan que hasta entonces se habían extraído del mar californiano de Palos Verdes 35 anclas más, algunas de la cuales llegan a pesar 138 kilos, y que fueron fechadas con una antigüedad de hasta 3.000 años.

Llegados a este punto, leemos en Fusang,  de  Gustavo Vargas,  que, descartada la idea que la presencia de naves y pobladores y comerciantes chinos significaba un descubrimiento, y aceptando  la múltiple existencia de pueblos diversos entre los habitantes primitivos de América, no es absurdo admitir que desde la más remota antigüedad hubo contactos e intercambios periódicos con los chinos, Han (nombre de cinco dinastías chinas) y manchú o tártaros, de los que al paso de los años y contra las muchas destrucciones y depredaciones del medio ambiente y de los hombres quedan vestigios.

BARCOS CHINOS

Es alarmante,  desde el punto de vista histórico, constatar la prolongada ignorancia que ha tenido Occidente en general sobre el hecho de que, durante un período notablemente largo, China fue una potencia marítima. Desde el punto de vista de la ingeniería naval, los barcos chinos del siglo III a. J.C. podían llegar muy bien a las costas de América [Gustavo Vargas Martínez, Fusang - Chinos en América antes de Colón, Trillas, México, 1990, p.34 y ss.]. La prueba más fehaciente –prosigue Vargas- es el descubrimiento, apenas en 1974, de ruinas de astilleros en Cantón. La grada número uno mide 1,8 metros  en el medio y 29 metros de longitud ya desenterrada. Se estima que en este tipo de grada se podían construir barcos de 6 a 8 metros de manga, 30 m. de eslora y de 50-60 toneladas de desplazamiento. Y esto alrededor de los años 221 a 206 a.J.C.

Para tener un punto de comparación, es bueno recordar que la Santa María, nave capitana de Colón, medía 34 metros de eslora y desplazaba casi 100 toneladas; la Pinta, 40 toneladas,  y la Niña, de apenas 18 metros de eslora, era de 50 toneladas de desplazamiento. Pero esto, diecisiete siglos después.

Joseph Needham, el reputado autor de Science and Civilisation in China, informa que el junco o shampan se usó en China desde el siglo X a.J.C., que se utilizó timón de popa desde el siglo I a.J.C.; que en los siglos V y VI ya existían barcos de  rueda a paletas; que en el siglo XIII China poseía juncos de tres palos para navegación de altura, y que entre 1100 y 1450 la flota oceánica china fue sin duda la mayor del mundo.

EL MAPA DE YÜ CHI FU

Charles H. Hapgood [Maps of the Ancient Sea Kings, Adventures Unlimited Press, Kempton, Illinois, 1996, p. 135-147] da cuenta del estudio que ha realizado del Mapa Yü Chi Fu, conocido también como  Mapa de los Caminos de Yü el Grande, al que encontró en una obra de Joseph Needham antes citada [Science and Civilization in China, 3 vols., Cambridge University Press, 1959]. En el volumen tercero se reproduce el mapa grabado sobre  piedra en China  el año 1137 A.D., si bien –señala Needham- su existencia era conocida desde mucho antes, pero la fecha de su origen es desconocida. El mapa de Yü Chi Fu ha sido estudiado por Joseph Needham y otros investigadores chinos, y está envuelto en el mismo misterio que los portulanos (cartas marinas de compás), que fueron las primeras cartas que se pueden denominar náuticas, por ser concebidas para uso de navegantes). Una comparación de la red fluvial china en dicho mapa antiguo con otro moderno muestra una remarcable precisión.

Por otra parte, expone Hapgood que el mapa fue dibujado, evidentemente, contando con una excelente información sobre longitudes, al igual que se encuentran en los portulanos, pero no en los mapas clásicos de Grecia y Roma.  Por lo visto, el mapa de Yü Chi Fu, sin duda, no se dibujó  usando un  proyección  típica de la cartografía medieval de China o Japón.

Para Charles H. Hapgood, Needham y los cartógrafos chinos que estudiaron el mapa, aparentemente, asumieron que la red cuadriculada era la original con que había sido dibujado, pero Hapgood  afirma que su investigación  del mapa permite señalar que la cuadrícula inherente en la trigonometría plana no era la red original. “Después de un largo estudio de las medidas del grado de longitud en el mapa, estaba electrizado – afirma-  porque he encontrado que era inequívocamente más corta que el grado de latitud. En otras palabras, lo que reveló el mapa de Yü Chi Fu es la  red rectangular encontrada en los mapas de Piri Reis, en los mapas de Ptolomeo y,  también, mediante trigonometría esférica,  en el mapa de Caverio”.

Por otra parte, estudiando las coordenadas de poblaciones en los cuatro cuadrantes del mapa se aprecia que los errores son mínimos, lo cual indica que cuando fue dibujado el antiguo mapa chino, los cartógrafos tenían medios para hallar la longitud con precisión, al igual que la latitud, exactamente el mismo caso de los portulanos de Occidente. La precisión del mapa chino demuestra  la utilización de la trigonometría esférica y el sistema de la red rectangular, como en el mapa de Caverio, sugiere que la proyección original pudo basarse también en la trigonometría esférica.

GAVIN MENZIES Y LOS NAVEGANTES CHINOS

Gavin Menzies [1421: The Year China Discovered the World, Bantam Press, London 2002, Apéndice 4, p. 417] pone de relieve la determinación de la longitud por los chinos a principios del s. XV. Es curioso, pero Menzies, que pretende tener explicaciones para todo, lo cual no es cierto, ni mucho menos, no se ha  enterado de la existencia del mapa chino de Yü Chi Fu de 1137 d.J.C., ni tampoco de la obra de Paul Gallez  La Cola del Dragón, en la que  el sabio belga-argentino expone de manera exhaustiva  un trabajo donde  se demuestra que en el mapa de Henricus Martellus de 1489, en la denominada “cuarta península asiática”  adosada a China (Sudamérica en realidad),  se encuentra dibujada toda la red fluvial, desde el río Orinoco hasta el río Grande en Tierra de Fuego.

De entrada, Gavin Menzies quiere hacernos creer que el mapa de Cantino de 1502 también ha sido dibujado por navegantes chinos: “La longitud de la costa oriental africana entre Ciudad del Cabo y  Yibuti, una distancia de siete mil millas marinas, es correcta con un margen de error de veinte millas marinas (veinte segundos de tiempo)”.  Pero resulta que los conocimientos astronómicos chinos  en 1421, según parece, no eran lo suficientemente sofisticados como  para poder trazar mapas precisos como los de Martellus (1489), Cantino (1502), Piri Reis (1513), entre otros. En cambio, sí había  cartógrafos en el s. XII en China que dibujaron el mapa de Yü Chi Fu.

 Menzies explica  que “un requisito esencial para determinar la longitud era una medición precisa del transcurso del tiempo. Los chinos medían el paso del tiempo por medio de la sombra proyectada por la luz del sol; disponían de un gnomon (*) de unos doce metros de altura y una clepsidra (**) o reloj de agua. Las mediciones de noche se llevaban a cabo utilizando diversos relojes de agua o clepsidras, que se calibraban a la luz del día con un gnomon”.  

Pensándolo bien, uno prefiere creer,  como Charles H. Hapgood y tantos otros modernos investigadores,  que en tiempos antiguos hubo un pueblo con amplios conocimientos técnicos  que todavía somos incapaces de explicar. Como.  por ejemplo, poder dibujar, antes de 1492,  en un mapa toda la red fluvial sudamericana, incluyendo lagos y montañas.

(*) Antiguo instrumento de astronomía, con el cual se determinaban el azimut y la altura del Sol.

(**) Artificio para medir el tiempo observando lo que tarda en pasar cierta cantidad de agua de un vaso a otro.

FUSANG: CHINOS EN AMÉRICA ANTES DE COLÓN

Se trata de una magnífica obra de Gustavo Vargas Martínez, antes mencionada. El autor, que por cierto es buen amigo de Paul Gallez y profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)  de México y ha colaborado en el Instituto de Idiomas de Beijing y en la Comuna Popular Puente de Marco Polo. Nacido en Bucaramanga (Colombia) en 1934, Vargas Martínez es también autor de “Atlas Antiguo de América ” (1995); “Atlas para la historia del descubrimiento de América (1992)”; y, entre otros,  “América en un  mapa de 1489” (1996). Es autor de más de setenta ponencias presentadas en congresos científicos internacionales de Asia, Europa y América Latina. 

Del “Fusang” de Vargas Martínez nos interesan especialmente las investigaciones  relacionadas con el sinólogo francés Joseph de Guignes de 1761 [“Recherches sur les navigations des chinois du coté de l’Amérique et sur quelques peuples situés a l’Extremité de l’Asie (Investigaciones sobre las navegaciones de los chinos en las costas de América y sobre algunos pueblos situados en el extremo oriental de Asia)]. Y como dice Paul Gallez en La Cola del Dragón, p. 147,  al identificar Fusang con América [“Le Fou-Sang des chinois est-il l’Amérique ?” (Memoires de l’Académie des Inscriptions et Belles Lettres, t.28 (1761), París. pp. 505-525] la tesis de Joseph de Guignes ha sido violentamente  atacada por orientalistas, que consideran que buscar Fusang en México, Mesoamérica o Perú es una exageración. Pero, a pesar de todo, la verdad sea dicha, el sinólogo francés también ha tenido sus partidarios. Sin embargo, lo veremos más adelante, De Guignes tenía razón.

Sin duda, De Guignes fue el primer europeo en hacer referencia a los orígenes chinos del hombre americano. En 1752, cuando se documentaba para la “Historia General de los Hunos, los Turcos, los Mongoles y otros Tártaros del Oeste”,  pensó que había encontrado descripciones en los anales de ciertos países al oriente asiático que no podían ser sino América.

Las razones de De Guignes –señala Vargas Martínez- se fundamentan, entonces como ahora, en la factibilidad de la navegación china transpacífica. Según el Liang Shu, embarcaciones chinas habrían recorrido las costas del norte asiático  y americano hace más de 1.500 años. Y asegura Josep de Guignes que los chinos hacían un extenso comercio hacia el año 458 d.J.C., e incluso llega a discutir la  probable continuación de travesías hasta Perú, donde se encuentran indicios de presencia oriental, aunque para ello habría que demostrar que se podía navegar a 1.200 leguas (4.800 millas) o 1.400 leguas (5.600 millas)   y atravesar de 60 a 70 grados.

Por otra parte, considero importante resaltar la opinión  de Gustavo  Vargas Martínez [“Fusang”, pp. 87-93] acerca de los conocimientos que tenían los hermanos Cristóbal y Bartolomé Colón del Océano Pacífico (entonces llamado Mar del Sur) y de  Asia. Se pregunta el Dr. Vargas si los “descubridores” navegaban a ciegas, y resuelve  que de ninguna manera:  los Colón y los Pinzón poseían toda la información geográfica de su época y , hasta donde fue posible, tuvieron a  mano los datos suficientes para lanzarse, no a una aventura, sino a una expedición normal, de las varias que se intentaron en su momento. Además, señala que “desconcierta hoy saber que los antiguos   griegos habían elaborado sistemas geográficos detallados con tanta precisión que parece inaudito que Erastótenes, Estrabón, Marino de Tiro y Tolomeo  no fueran de uso y lectura corriente, y que en cambio, las ideas bíblicas de San Agustín, San Isidoro y el mago Mandeville sentaran cátedra de sabiduría”.

Finalmente,  el croquis atribuido a Bartolomé Colón, revela el conocimiento de los viajes de los españoles realizados entre 1498 y 1500. Según Vargas Martínez, demuestra que los Colón sí sabían que se hallaban en tierras nuevas, al sur del continente , aunque por razones políticas insistían (sobre todo Cristóbal) en juntarlas con las antiguas de Asia.

"LA CUENCA DEL PACÍFICO: 4000 AÑOS DE CONTACTOS CULTURALES"

INDISCUTIBLE PRESENCIA CHINA EN LA AMERICA PRECOLOMBINA

La “Cuenca del Pacífico: 4.000 años de contactos culturales” es el título de una magnífica obra de investigación cuyo autor es Jaime Errázuriz Zañartu, arquitecto por la Universidad Católica de Chile, que demuestra científicamente y con profusión de mapas, dibujos y fotografías las estrechas relaciones mantenidas entre Asia, especialmente China,  y la costa americana del Pacífico durante muchos siglos  antes de Jesucristo.  El libro ha sido  publicado por la Universidad Católica de Chile en junio de 2000, un total de 1.000 ejemplares en castellano, lo cual, salvo honrosas excepciones, impide que la investigación sea conocida en las universidades de los Estados Unidos y por sus historiadores. Seguirán ensalzando, pues, los americanos del Norte al “imposible e impostor” Cristoforo Colombo como “descubridor” de América, sobre todo en la fiesta del Columbus Day en Nueva York cada 12 de Octubre. Yo propongo que se dé al verdadero “inventor de las Indias”: Cristóbal Colom, catalanoparlante y miembro de  una familia de Ibiza (Baleares)  lo que se merece y que a China se le reconozca el papel que ha tenido en el desarrollo de la civilización americana.

Jaime Errázuriz nació en París en 1925 y se ha convertido en una autoridad en el campo de las relaciones culturales entre Asia y la América precolombina. Aquí y ahora no intento resumir su obra como hice antes con “La Cola del Dragón” de mi amigo argentino Paul Gallez, pero sí exponer algunos temas muy importantes para la Historia de América y, sobre todo, recomiendo la lectura de la obra citada.

En el Prefacio, “Juzgando la evidencia de contactos transpacíficos”,  Betty J. Meyers, Investigadora Asociada de Smithsonian Institution, expone de manera clara que “los que consideran concluyente la evidencia de los contactos transpacíficos están perplejos por el rechazo que provoca en sus opositores;  una reacción, sin duda provocada por la llegada de nuevas ideas que están revolucionando la historia de la ciencia”. Por otra parte, hay que analizar el subtítulo del libro: <<Por qué los  eruditos  ven guacamayos donde el hombre común ve elefantes?>>. ¡Menuda pregunta!, teniendo en cuenta que un guacamayo es una ave de América, una especie de papagayo del tamaño de una gallina, de plumaje verde, azul y rojo. Pues bien, la respuesta de Betty J. Meyers es contundente: “La única razón de la negativa a admitir que las esculturas y las imágenes en los códices Maya  son elefantes indios se debe al hecho de que tal admisión destruiría los fundamentos de la doctrina de una evolución independiente  de la cultura americana...”.

La gran prueba de que hay elefantes representados en Mesoamérica se encuentra  en una estela en la Gran Plaza de Copán, en las ruinas de la ciudad maya,  que Jaime Errázuriz presenta en buena fotografía en la página 153. Se hace muy difícil, afirma el autor, y yo digo lo mismo,  creer que esas trompas sean picos de guacamayo. Copán es un Departamento de Honduras, con 3.203 km2, fronterizo por el oeste con Guatemala y está situado en 14º 50 N. y 89º 09 W.

“En una encuesta entre gente común –expone Jaime Errázuriz-, con seguridad la casi totalidad diría ver en la estela citada dos cabezas de elefantes con sus respectivos conductores con unos turbantes; sin embargo, extrañamente, a mayor conocimiento arqueológico se distorsiona esta interpretación, entrando dudas por los prejuicios de los aislacionistas, quienes piensan que no era posible encontrar en América precolombina alguien que supiera representar la imagen de un elefante, pues de ser así implicaría reconocer que hubo contacto directo entre los dos continentes . Por lo tanto –apuntilla Errázuriz-, han preferido ver loros y aún tortugas con tal de no admitir esa posibilidad”.

Al mismo tiempo,  señala que el aislamiento  podrá producir sociedades estables y amables, pero jamás progresistas, y añade: “Por esta razón, cuesta creer en los textos de historia que nos enseñan cómo de la nada, súbitamente, sin antecedentes previos, sin etapas de experimentación, y sin intervención foránea, los Olmeca (*) impulsaron el arte del jade a la perfección y los Chavín (**) impulsaron y dominaron la metalurgia”. 

(*) Individuo de un grupo de pueblos precolombinos que se desarrollaron en la costa del golfo de México, en el actual estado de Veracruz, entre el 800 y el 300 a.J.C. Se trata de la más antigua cultura mexicana y, posiblemente, la más creadora.

(**) La cultura de Chavín se data en el Perú precolombino (850-300 a.J.C.), y es la más antigua que se desarrolló en los valles de Chavín,  de Huantar, Casma, Empeña, Cupisnique y Lambayeque. La gente de dicha  cultura eran agricultores y conocía la metalurgia del oro y la plata, y el tejido de la lana y el algodón; fueron buenos constructores, escultores y ceramistas.

Volviendo al fascinante tema de los elefantes en América, la verdad es que ya conocía el tema desde 1991, año en que me enviaron de Alemania el libro de Heinke Sudhoff, “Sorry, Columbus- Seefahrer der Antike entdecken  Amerika” (Gustav Lübbe Verlag GmbH, Bergisch Gladbach, 1991). Se trata de otra obra similar a la de Jaime Errázuriz, pero su autora intenta demostrar, y parece que lo consigue,  con alarde de fotografías, ni más ni menos que  203, la profunda relación cultural entre América precolombiana y el Mar Mediterráneo.

Heinke Sudhoff, en la página 158, muestra dos ilustraciones. En la primera podemos ver una tableta de piedra con una inscripción escrita en libio y un elefante en la parte superior,  y es del siglo III a.J.C.  Curiosamente, el hallazgo tuvo lugar en Ecuador, país situado en la costa del Pacífico. La segunda fotografía es otra estela con inscripción fenicia y un elefante  en la parte inferior. Es del siglo II a.J.C. y se conserva en el Museo de Cartago. ¿Qué pensar del hallazgo en Ecuador? Pues mi opinión es que podría confirmar la hipótesis e los viajes fenicios entre el mar Rojo y Sudamérica, como hemos visto anteriormente en “La cola del Dragón” de Paul Gallez.    

Otra cosa importante es que los aislacionistas –dice Jaime Errázuriz- consideran que las analogías entre Asia y América son debidas a invenciones independientes propias del hombre autóctono y que aquellos viajes transpacíficos no eran posibles por haber más de 9.000 millas náuticas entre las dos costas, distancia que, estiman, era imposible de superar debido al poco desarrollo de la navegación hace unos 5.000 años. 

 Sin embargo, Betty J. Meyers nos habla de  nuevas investigaciones serias y científicas,   sensacionales , y lo hace en el prefacio: “En cuanto a la resolución de la controversia sobre los contactos transpacíficos, dependerá de evidencias concluyentes similares, habiendo dos prometedores candidatos: la existencia entre poblaciones precolombinas andinas de un retrovirus de origen tropical asiático que solamente podría haber sido transmitido por una persona viva [Betty J. Meyers, “Introducción en Evolución y Difusión Cultural, Ediciones Abya-Yala, Quito, 1998, pp. 7-28] y,  asimismo, la identificación de escritura Shang en símbolos Olmeca, ya que atribuir a estos dos casos una invención independiente violaría los principios básicos de la teoría de la evolución”.

LEUCEMIA ASIÁTICA EN MOMIAS PRECOLOMBINAS DE CHILE

Jaime Errázuriz amplía la información sobre el retrovirus asiático en la página 103 (y yo también lo hago gracias a Internet)  de la “Cuenca del pacífico: 4.000 años de contactos culturales”,   informando que se ha descubierto  una variedad de leucemia: el virus linfotrópico  de células humanas T tipo 1 o human T-cell lymphotropic virus type 1  (HTLV-1), que se encuentra principalmente en la región de Kyushu en Japón y también entre los aborígenes de Australia y en Sudamérica, concretamente en la parte andina. El hallazgo  fue publicado en “Cuadernos del Japón”, Vol. III, nº 1 de 1994. La investigación, llevada a cabo por un grupo de especialistas japoneses y chilenos,  fue dirigida por el Dr. Tajima Kazuo, director de Epidemilogía del Aichi Cancer Center Research  Institute, de Nagoya, Japón.  También  se han encontrado  anticuerpos entre   indios Mapuche de Chile contemporáneos.

Para la verdadera historia de los predescubrimientos de América, y para los viajes transpacíficos precolombinos, lo importante es poder afirmar que el retrovirus ha sido encontrado al estudiar 104 momias, de unos 1.200 o 1.500 años de antigüedad,   preservadas en el desierto de Atacama, norte de Chile;  bien conservadas por cierto gracias a la sequedad y al salitre de los terrenos. En dos de las momias se pudieron obtener muestras de ADN de la médula ósea  y las secuencias coinciden perfectamente con las del virus tipo HTLV-1, que actualmente infecta a los japoneses [“Nature Genetics”, Diciembre de 1999]. “Este hallazgo confirma que estos virus, originarios de Asia, llegaron a América antes que lo hicieran  los españoles”, señala Kenneth Kidd de la Universidad de Yale.

Para algunos expertos  como Josie Glauisusz [Discoverer, Vol. 21, No. 3, Marzo 2000], los análisis de Tajima Kazuo y el virólogo Shunro Sonoda , que han pasado diez años analizando a descendientes de los primitivos habitantes de Sudamérica, vienen a  demostrar que el retrovirus llegó a las costas americanas de Pacífico en la sangre de inmigrantes asiáticos, una gente que habría cruzado por el entonces helado estrecho de Bering hace 12.000 o 25.000 años. Sea cómo sea, llegando los asiáticos a Sudamérica  deambulando por Alaska hacia el sur  o navegando por el Pacífico, no se puede poner en duda, a la luz de la ciencia, que japoneses de hoy comparten el mismo HTLV-1 que momias precolombinas  de los Andes, afirma el Dr. Tajima Kazuo.

CONTACTOS INDUDABLES ENTRE  LA ANTIGUA CHINA Y  PERÚ

No voy a presentar un resumen pormenorizado del resto del libro de Jaime Errázuriz, pero sí destacar algunos puntos importantes, entre ellos la gran cantidad de nombres geográficos del Perú, en uso actualmente, que coinciden con vocablos chinos. Los veremos más adelante.

El contenido del libro, de 227 páginas con 195 ilustraciones, refiere la aparición del hombre japonés en América,  contactos entre Mesoamérica y Sudamérica, la cultura Chavín y su misterioso origen chino, elementos asiáticos en costas ecuatorianas, cómo el mensaje de Buda llega a América, ideas americanas aparecen en el sudeste asiático y conclusiones. Veamos ahora datos concretos:

A)    Alrededor del año 200 después de Cristo, los viajes transpacíficos chinos parecían haber cesado, posiblemente debido al largo período de conflictos políticos internos que culminaron con la caída de la dinastía Han.

B)     Los conocimientos que la cultura Chavín tenía de la aleación y soldadura de los metales, solamente puede explicarse porque estas técnicas estaban publicadas en China 500 años antes de Cristo en el libro “Kuagonggi” (El Registro de los artesanos), el primer texto conocido en el mundo en discutir las fórmulas de aleaciones, y en mencionar la dependencia de su composición con las del punto de fusión. El autor nos remite a un anexo donde puede conocerse la gran dificultad que presenta dominar esta tecnología.

C)    Al estudiar los elementos asiáticos en las costas del Ecuador, señala Errázuriz que no pudo ser una coincidencia y menos una discutida “unidad psíquica” del hombre el que hasta nueve distintos rasgos culturales asiáticos hayan aparecido simultáneamente en el continente americano, que tiene una extensión de costa al Océano Pacífico de aproximadamente 16.000 kilómetros, únicamente en  menos de 200 kilómetros de extensión del litoral ecuatoriano; y por añadidura no lo hicieron separados en el tiempo, pues la gran mayoría de estos objetos con estas características han sido encontrados en excavaciones en los mismos niveles estratigráficos correspondientes al período cercano a los inicios de la era cristiana. Entre los nueve distintos rasgos culturales destaca la tipología arquitectónica, las almohadas o apoyanucas, los grandes vasos trípodes, las pesas para redes de pescar o las figuras sentadas. En realidad, mucho más difícil de creer   en viajes transpacíficos –apunta Jaime Errázuriz- es pensar que nueve elementos culturales disímiles hayan podido ser inventados simultáneamente en un corto lapso de tiempo, y que estos inventos tengan su contraparte en Asia, y no, como sería lógico, en sus vecinos y aún en Mesoamérica. Para mejor comprensión, el lector encontrará numerosas ilustraciones de los citados elementos culturales.

D)    Otro vínculo de Asia con Sudamérica es la rueda, aunque  nos enseña la historia oficial que en América, antes de la llegada de los españoles, no se conocía. Y no es cierto. Y no lo es porque se han encontrado en excavaciones arqueológicas numerosos y distintos juguetes con ruedas en Mesoamérica, al igual que se han localizado en India y China . El autor de “Cuenca del Pacífico: 4.000 años de contactos culturales” pregunta: “¿Cómo puede alguien, más o menos sensato, creer que el hombre en América inventó la rueda, motivado por hacer un juguete para entretener a los niños y además creer que por pura casualidad lo hizo igual a unos que había en India exactamente en la misma época? Y para intentar explicar que no hubiera prosperado la aplicación del invento de la rueda, el autor [J. Errázuriz] lo justifica por la falta de caminos, la falta de puentes, el no haber animales  de tiro y también los ásperos terrenos y los tupidos bosques por los cuales circulaban; todo esto,  unido a su habilidad para llevar más de un peso en sus espaldas con una simple faja, la hacía innecesaria.

E)     En las conclusiones, Jaime Errázuriz hace una importante referencia a Michael D. Coe [“Directions of Cultural Diffusión; Review of Meggers 1966”. Science 155; 184-186 / “The Olmec Heartland; Evolution of ideology”. En Regional perspectives of the Olmec, editado por R.J. Grove, pp. 68-82. Cambridge University Press, 1989], que aporta más luz sobre los contactos entre Asia y Sudamérica: “Aún más extraordinario, como nos recuerda el historiador de ciencia Dr. Joseph Needham, es que astrónomos chinos de la dinastía Han así como los antiguos Maya usaban exactamente los mismos complejos cálculos para dar aviso acerca de la posible ocurrencia de eclipses lunares o solares. Estos datos sugerirían que había un contacto directo a través del Pacífico. Como la navegación oriental estaba siempre en un plano técnico más elevado del  conocido en el Nuevo Mundo prehispánico, es posible que intelectuales asiáticos hubiésen establecido algún tipo de contacto con su contraparte mesoamericana por los fines del Preclásico”. Debemos recordar que la dinastía Han transcurrió desde el año 206 a.C. hasta 220 d.C. y que la civilización Maya duró del 300 a.C. al 800 d.C.; o sea, fueron contemporáneos durante  más de 400 años. Y dejamos a Jaime Errázuriz por un momento. Josep Corbella, en “La Vanguardia” de Barcelona (14 marzo 2003),  nos recuerda que la Maya, no hace falta repetirlo aquí, fue una de las civilizaciones más prósperas de la historia. Conocían el número cero; los sacerdotes eran también astrónomos y sabían predecir con precisión los eclipses solares; tenían una escritura jeroglífica  que aún no ha sido totalmente descifrada. Su expansión demográfica se basaba en el cultivo del maíz a gran escala; y eran buenos arquitectos: sus principales monumentos incluyen palacios, templos, canchas para juegos de pelota, baños de vapor y tumbas. Pero la sensacional  información de “La Vanguardia”  es que una sequía de 150 años acabó con ellos, según unos estudios publicados en la revista “Science” [Vol, 299, No. 5613] en su edición correspondiente al 14-03-’03. O sea, no hay misterio sobre la desaparición de los Maya,  sino que una prolongada sequía en Yucatán condujo a una catástrofe demográfica y acabó con una gran civilización.

F)     Jaime Errázuriz recoge también en su obra la fabricación de papel para libros plegables en Mesoámerica. Lo detalla Michael Coe, citado anteriormente, al estudiar el trabajo del Dr. Paul Tolstoy, de la Universidad de Montreal [“Paper Route”, en Natural History 6/91, 1991]. Tolstoy ha hecho un meticuloso estudio del caso de las técnicas y herramientas utilizadas en la fabricación del papel de corteza alrededor del Pacífico. Esta tecnología, conocida en la China antigua, el Sudeste Asiático y Mesoamérica, se difundió del  E. de  Indonesia a Mesoámerica y el uso principal de tal papel fue la producción de libros plegables para registrar rituales, calendarios e información astronómica. Es de suponer que fue por medio de estos libros –señala el Dr. Tolstoy-  que todavía están en uso en pueblos como los Batak, lo que muestra que tuvo lugar un intercambio cultural. Los Batak son un poderoso pueblo  malayo establecido en la región que rodea el lago Toba, en el N. de Sumatra. Las conclusiones de Paul Tolstoy son interesantes y parecen evidentes: “Alguien debe sino haber transferido  el modelo de los libros, al menos trajo la idea a Mesoámerica. Los primeros batidores de corteza para la fabricación de papel aparecen en el área Maya y mayormente en la planicie costera del Pacífico hace 2.500 años, unos 200 años más tarde que aquellos encontrados en el Sudeste Asiático. Y es que la llegada de los batidores corresponde a los inicios y formación de la cultura Maya, única en tener libros en América”. Finalmente, sobre el tema de los viajes transpacíficos, Michael Coe nos dice que  “... esto no implica que los Maya o cualquier otra civilización mesoamericana fuera meramente derivativa de prototipos del Viejo Mundo. Lo que sugiere es que unas pocas veces en su historia los Mayas pueden haber sido receptores de algunas ideas importantes originadas en el Hemisferio Oriental”.

G)    La toponimia  peruana es otro dato decisivo y muy a tener en cuenta a la hora de poder afirmar que en tiempos precolombinos hubo una intensa relación entre China y Perú. Se han localizado 89 nombres peruanos que tienen un significado en chino, y también 118 nombres geográficos peruanos que tienen su equivalente en nombres geográficos chinos. Jaime Errázuriz los presenta  a todos en dos listas, y habían sido recogidos previamente por Francisco A. Loayza [“Chinos llegaron antes de Colón”, Lima, 1948]; Germán Stiglich [“Diccionario Geográfico del Perú”, Lima, 1922];  y A.M. Hamelin [“Dictionnaire Alphabetique Chinois-Français”, París 1887].    

Paul Gallez, en correo electrónico de fecha 26 de marzo de 2003, me comunicaba que terminó  la lectura de “Cuenca del Pacífico: 4.000 años de contactos culturales”, de Jaime Errázuriz,  y dice: “Lo que resulta nuevo para mí es el gran desarrollo de la toponimia china en  Perú. El tema de los chinos –añade- en Perú es viejo. En la Edad Media en China, y a partir de 1761 en Francia con De Guignes y otros, en pro y en contra, como Eichtal, De Guignes, Hennig, Klaproth, Leland, Neumann, Paravey,  Schlegel, Sherbondy de Tord, Vinning, Vivien de Saint Martín y Wheeler Pires Ferreira, todos ellos citados en la bibliografía de mi libro “La Cola del Dragón”. Lo nuevo en Errázuriz no es nuevo, pero era desconocido: su mapa de los topónimos chinos con datos sacados de libros olvidados de 1877 y 1992. Creo que es definitivo, y que pone fin a la disputa empezada en 1761. De Guignes ha triunfado después de 240 años”.

LOS CORDONES ANUDADOS “QUIPO”

Gustavo Vargas Martínez, en “Fusang: Chinos en América antes de Colón”, pp.52-55, plantea un  intrigante tema que apunta a otro vínculo cultural de enorme trascendencia en la vida de  la Sudamérica precolombina. Dice que “mención especial merecen los cordones anudados, porque no son sólo un  elemento de confrontación de analogías, sino que significan, fundamentalmente, un sistema adquirido, un aprendizaje. El famoso sinólogo jesuita P. Martín (*), en la Histoire de la Chine, ya había llamado la atención sobre el antiquísimo sistema chino de anudar cordones mucho antes de que entre ellos se conociera la escritura; colocando los nudos a cierta distancia, utilizando colores diferentes y mediante precisas convenciones se creaba un código de señales que sustituían formas de contar y de escribir”. Lo sorprendente -afirma Gustavo Vargas- es que “igual sistema se encontró entre los incas, tan evolucionado que servía de registro público para los anales y las cuentas del Estado, las observaciones astronómicas, los tributos e impuestos, e incluso como medio de comunicación, puesto que servía para transmitir, a largas distancias, noticias y mensajes”. Entre los incas se llamó quipus o quipos, y entre los chinos se llamó el método qi pui,   “memorizar a espalda”; actualmente se conoce en China el mismo sistema como chie sheng. Cualquiera puede aceptar que el quipo es, a su vez, un predecesor del ábaco (**), tan generalizado en nuestros días en Asia en general.  

(*) Martín Marini nació en Trento, Austria, en 1614. Murió el 6 de junio de 1661 en Hangtschen (China).

(**) El ábaco es un cuadro con diez alambres paralelos y en cada uno de ellos otras tantas bolas movibles usado en las escuelas para enseñar a los niños a contar.

Pero fue Alexander von Humboldt [“Atlas Geographique et Physique du Royaume de la Nouvelle- Espagne”, Paris, 1811] quien asoció los quipus americanos con los asiáticos, concretamente con los chinos, y se fundamenta en esta analogía para sugerir migraciones chinas al “este de California” entre los siglos VI y VII, precisamente cuando los viejos libros chinos narran el viaje de Hui Shen a México.

El caso es que nuestros días hay un gran interés entre investigadores de América para  conocer los quipu en profundidad. Es algo así como si les estuvieran haciendo la autopsia, valga la expresión,  en base a las técnicas más modernas. En mi caso, leí en la revista “Historia y Vida” [Barcelona, No. 425/Año XXXV, Agosto 2003] que Gary Urton, profesor de Antropología de la Universidad de Harvard,  dice haber dado con la función del quipu, sistema inca de nudos sobre cuerdas.

Según la teoría convencional, los quipu se usaban para plasmar números, pero Urton cree que constituyen un sistema de escritura. Cada quipu contiene un código binario de siete bits capaz de combinarse en  más de 1.500 unidades de información. Si se confirma, los incas no sólo habrían inventado un código binario 500 años del informático, sino que lo habrían usado como parte del único lenguaje escrito dotado de tres dimensiones”. ¡Hay qué ver la de sorpresas que nos deparan los pueblos  de la América prehispánica!

Para tener más información sobre el tema  compré el libro en Estados Unidos [“Signs of the Inka Khipu – Binary coding in the Andean knotted-string records”, University of Texas Press, Austin, 2003] lo recibí el 18 de Agosto de 2003, lo he leído y debo admitir que no me ha sido  fácil de entender. Sin embargo, vamos a ver las conclusiones de Gary Urton: Finalmente, partiendo de las  aportaciones de gran relevancia de los especialistas en quipus, tanto del presente como del pasado (en especial L. Leland Locke, Marcia Ascher y  Robert Ascher, y William J. Conklin), este trabajo ha intentado introducir en los estudios de los Incas una nueva forma de análisis: él del código binario. Las ideas y los conceptos centrales que creo haber añadido al debate existente sobre la naturaleza de los archivos  quipu son los siguientes:

(a)    una elaboración de la idea de que un código  binario fue uno de los mecanismos y estrategias del quipu inca;

(b)   una separación entre el código del archivo y el escrito, o el mensaje  que se puede “leer” dentro del quipu;

(c)    el argumento que el código binario del quipu representaba una forma de poner en clave unos elementos emparejados, con una relación de oposición binaria entre sí, y que, a nivel semántico, esta relación tenía una carácter conocido dentro de la literatura como relación acusada;

(d)   un intento de esbozar una teoría para la interpretación de los signos jerárquicos y asimétricos (es decir marcados / sin marcar) especialmente dentro del quipu no decimal (“anómalo”),  como la arquitectura para las literaturas canónicas (por ejemplo,  la poesía o las narrativas históricas) cuyos componentes  esenciales habrían sido anotadas por los quipucamayoc (*) y utilizados como marco –llamémosle mnemónico o un sencillo escrito de número / objeto- para la construcción de las  narraciones.

“En el futuro –concluye el profesor Gary Urton-,  espero que encontremos que éste sea un modelo productivo y útil en que basarnos en nuestros estudios futuros de estos artificios  de archivo  de los mundos precolombino y andino colonial”.

(*) El quipucamayoc, persona educada por los amautas (**) en escuelas especiales llamadas Yachayhuasi, era el especialista en elaborar, “leer” y archivar los quipus; podía ser de la nobleza, de no serlo era una persona “honorable” dotado de una memoria prodigiosa. Puede decirse que el Quipucamayoc era lo que es hoy el analista económico; igualmente,  el quipu,  para los incas,  era lo que es hoy el moderno computador para los economistas. (En el boletín del Colegio de Economistas de Lima, de 27 de mayo de 2003).

(**) Los amautas son los Maestros Andinos (filósofos, sacerdotes, políticos, científicos, ingenieros, artistas, diseñadores...) que durante milenios se  encargaron de producir, mantener, desarrollar y transmitir los valores culturales ancestrales del pueblo Inca. (www.enjoyperu.com, actualizado el 15 septiembre  del 2003).

Por otra parte, William Burns Glynn [“Decodificación de quipus”, Banco Central de Reserva del Perú: Universidad Atlas Peruanas, 2002], ingeniero textil, presidente Honorario de la Academia Mayor de la Lengua Quechua, un inglés de 80 años que ha vivido más de treinta años en Perú y que es autor de varios libros sobre la historia y cultura peruanas, en su última obra viene a  demostrar que sí hubo escritura en el Incario, ya que “los quipus no sólo sirvieron como registro contable sino que incluso fueron receptáculos de poemas”. Las investigaciones de William Burns llevaron a una primera conclusión, en el sentido de que los quipus debían operarse a través del sistema decimal. A partir de este criterio –como lo explica el Dr. Virgilio Roel Pineda- quedó planteado otro problema  relativo al descubrimiento de las grafías de un alfabeto de sólo 10 signos y no de 28 o más letras como los que se emplean en las lenguas occidentales. Burns excluyó de su modelo de representación  los sonidos vocales, al modo de las escrituras hebrea y arábiga, que operan sólo con consonantes. Después, William Burns fue reduciendo el número de los signos consonantes excluyendo a los de similar sonido. De esta manera determinó 10 consonantes que adquirieron   significado al relacionarlas con los colores de los hilos de los quipus y comprobó que los signos geométricos que acompañan la “Nueva Crónica de Buen Gobierno”,  de Felipe Guamán Poma de Ayala, arrojaban un coherente sistema de escritura. Como prueba del sistema de expresión, el libro de Burns presenta el estudio y decodificación de diez quipus. (Información de JCM en www.caretas.com.pe, No. 1771,  8 de Mayo de 2003).

Quadrant àrab / Cuadrante árabe / Arab quadrant (Cortesía: Fundació Jaume I, Nadal, 1991)


LA HIPÓTESIS EGIPCIA 

Escribe Paul Gallez en La Cola del Dragón que la hipótesis que se refiere a los viajes más antiguos hacia tierras muy lejanas que no han sido identificadas con seguridad  es la de las expediciones a la Tierra de Punt [Richard Hennig, Terrae Incognitae, 4 Vol., Leiden, Brill 1950, en Vol. I, p. 5-13]. El primer viaje hacia esta región del cual se tiene referencia, es el que organizó el faraón Sahure, de la V dinastía (ca. 2550 a.J.C.). Sus barcos trajeron de Punt y de las numerosas otras tierras e islas donde hicieron escala incienso, mirra, oro, plata, maderas preciosas y esclavos. No todos estos productos venían de la Tierra de Punt y, por consiguiente, no tenemos que buscar en un país donde se produzca la totalidad de estas riquezas.

El faraón Asa (Isesi) siguió el ejemplo de Sahure, hacia 2400 a.J.C.,  y envió también sus flotas hacia la Tierra de Punt.  Una princesa de la VI dinastía se llevaba a su tumba,  para el viaje al País de los Muertos, color de labios con base de antimonio, un metal totalmente desconocido en Egipto y en sus países vecinos. De la misma época es la piedra tumbal de Knemhotep, piloto de  Elefantina, que había hecho once viajes a la Tierra de Punt [Paul Herrman: La aventura de los primeros descubrimientos, Enciclopedia Labor, 1967].

Bajo la IX dinastía, el faraón Seanjkare organizó nuevas expediciones hacia la misma tierra misteriosa, también con éxito. Los viajes más conocidos, y quizás los más fructíferos, son los que organizó la reina Hachepsut (llamada también Hatsheput, Hatcheposut, Huschpeswa, Hatashopsitu, Hachepsowe, Hatasuput, Hatscheposut, Huschpeswa, Hatashopsitu, , Hachepsowe, Hatasu 1501-1482 a.J.C.) cuyas relaciones están grabadas en el templo de Deir-el-Bahari que ella mandó edificar en Tebas en honor de Amon-Ra.

La expedición principal de Hachepsut se componía de por lo menos cinco  grandes navíos de treinta remeros cada uno. Salieron en 1483 a.J.C. de un punto del Mar Rojo  y tardaron tres años en regresar.

Una de las inscripciones del templo de Deir el-Bahari dice: “Los habitantes de Punt preguntaron: ¿cómo habéis llegado a este país desconocido de los hombres? ¿Habéis venido volando por los senderos del cielo,  o habéis navegado por el Gran Océano del País de los Dioses?” [Richard, Hennig: Terrae Incognitae, 4 vol., Leiden, Brill 1950, I 5 Ophir].

 ¿Cómo no dejarse tentar por unas interpretaciones que surgen naturalmente y se confirman recíprocamente? La expresión Gran Océano designa hasta hoy el Océano Pacífico. El País de los Dioses, en todas las mitologías, el Occidente, que sitúa el Pacífico al oeste de Punt y coloca por tanto Punt en América.

 Según la relación de Ramses IV en el Papirus Harris de la British Library, el faraón Ramses III  mandó al Punt una expedición de 10.000  hombres en el año 1180 a.J.C. La última expedición conocida, de mediados del siglo II a.J.C.,  se preparó con ayuda de comerciantes y banqueros de Massilia, la actual Marsella [Hans Philip : art. Massilia in Paulys Realenciclopedie  der classichen Altertumswissenschaft XIV/2. Sttutgart, Druckenmüller,  1930].

Las naves egipcias dedicadas a la navegación de altura tenían una eslora  de unos treinta metros y un porte de hasta ochenta y cinco toneladas. Su fondo plano les permitía con,  viento favorable, navegar a gran velocidad. Cuando reinaba la calma, los remeros entraban en acción y permitían seguir  el viaje sin esperar el cambio de viento.

Los egiptólogos no están de acuerdo sobre la localización de la Tierra de Punt. Unos propone Eritrea, otros Somalia o Zimbawe o el Hadramaut o la India. Pero cualquiera de estos lugares está demasiado cerca del mar Rojo para justificar la duración del viaje: tres años en todos los casos relatados por los documentos egipcios.

Paul Gallez [en Trois thèses de predecouverte de l’Amérique du Sud  par le Pacifique. Gesnerus 33 (1976), Aarau, Zurich] sugiere una nueva interpretación. Sitúa la Tierra de Punt en Sudamérica, probablemente en la región de Puno en los bordes del lago Titicaca en territorio peruano. Allí se obtiene anualmente el 70% de la producción de oro del Perú, así como antimonio, mercurio, zinc, estaño y cobalto. Se encuentran en la región viejas minas de oro y de antimonio sobre cuya antigüedad los arqueólogos no están de acuerdo. Los barcos del lago Titicaca,  hechos con totora (planta herbácea de las tifáceas, de tallo largo, a manera de junco con una mazorca cilíndrica al extremo), se parecen tanto a los del antiguo Egipto que Thor Heyerdhal fue a Puno a a reclutar a los hombres que le construyeron, en las orillas del Nilo, su barca de papiro Ra II. Puno se halla cerca del Pacífico, 240 kilómetros en línea recta, y las ruinas de los valles intermedios pertenecen a las mismas civilizaciones tiwanaqueña o pretiwannaqueña [José Imbelloni: La segunda esfinge indiana. Buenos Aires, Hachette 1956, p. 90].

La hipótesis de Puno merece un estudio especial y, por lo que se puede decir en el estado actual de la cuestión, es tan aceptable como las otras localizaciones propuestas para la Tierra de Punt. 

INSCRIPCIONES EGIPCIAS EN AMÉRICA

Con el paso del tiempo,  los investigadores tenaces suelen obtener nuevas informaciones que enriquecen trabajos anteriores. Es el caso de Paul Gallez  en relación a los antiguos egipcios en América, publicado en Predescubrimientos de América [Instituto Patagónico, Bahía Blanca, 2001, p.52 y ss.].  Dice el sabio belga-argentino: “en 1976, Barry Fell [América A.C. Los primeros colonizadores del Nuevo Mundo. México, Diana, 1983]dio su traducción de una inscripción trilingüe hallada en el túmulo funerario de Davenport, en Iowa, describiendo la celebración egipcia del Año  Nuevo en el equinocio de marzo. Las tres lenguas son el egipcio, el ibero púnico y el libio. Esta lápida ha sido fechada alrededor del año  800 a.J.C., durante la XXIª dinastía (libia) de Egipto. Las expresiones referidas a la astronomía y a la religión en la escritura hierática egipcia no difieren más que en textos copiados por manos diferentes”.

Según la televisión francesa –escribe Paul Gallez-, una momia egipcia de la misma XXIª dinastía fue perfumada con tabaco y cocaína, dos productos típicamente americanos [“Predescubrimientos de América”, Bahía Blanca, 2001].

Un descubrimiento sensacional, también de Barry Fell, es el uso de signos jeroglíficos por los indios Micmac de Acadia, la parte del Canadá situada al norte del Maine y al sur del estuario del río San Lorenzo. Esta tribu, que pertenece al grupo algonquino (*), fue evangelizada en el siglo XVIII por el abate Maillard (**), quien escribió en jeroglíficos, para sus parroquianos, un catecismo, una historia religiosa, el rito de la misa, las oraciones principales y algunos salmos. Para sus compatriotas franceses, Maillard redactó en 1738 su Manuel hieroglyphicus Micmac. Se ha creído durante dos siglos que Maillard había inventado estos signos jeroglíficos para escribir las oraciones de sus fieles, pero en 1823, sesenta y un años después de la muerte de Maillard, Champolion empezó a descifrarlos. Ahora Barry Fell ha demostrado que estos jeroglíficos egipcios son muy similares a los de los Micmac. ¿Cómo pudo Maillard aprender la escritura egipcia antes que Champolion revelara su lectura e interpretación? Respuesta inevitable, sentencia Gallez: los Micmac conocían y usaban la escritura jeroglífica egipcia y la  habían aprendido de los propios egipcios. Cómo y cuándo, si por colonización o de otra manera, son problemas sin resolver, pero haberlo planteado ya es un gran progreso para la ciencia. Lo cierto es que los algonquinos contemporáneos celebran cada año la llegada de sus ancestros a América por mar, pero no saben ni de dónde ni cuándo vinieron.

En otro capítulo, Fell nos muestra una inscripción grabada en Texas en idioma libio escrito con alfabeto Ogam, donde se señala que allí llegó una tripulación del rey Shishong, nombre de varios reyes de Egipto entre 1000 y 800 a.J.C.

Para Sudamérica, Barry Fell pudo convencer a pocos chilenos que la inscripción rupestre de Tinguiririca (34º 45’ S) expresa una pretensión territorial egipcia. Las inscripciones fueron encontradas  en una cueva situada en los Andes por Karl Stolp en 1885 y  el resultado de su investigación se publicó en la revista de la Sociedad Científica de Santiago en 1877.

Años más tarde, octubre de 1974, Barry Fell encontró el artículo de Karl Stolp  con  la reproducción de la inscripción principal en la gruta de Tinguiririca y constató que pertenecía a la misma expedición que recaló en Nueva Guinea. Fell tradujo el litoglifo como sigue:

“Límite sur de la costa alcanzada por Mawi. Esta región es el límite sur de la tierra montañosa que el comandante reclama mediante proclamación escrita en esta tierra triunfante. A este límite sur llegó la flotilla de barcos. El navegante reclama esta tierra para el rey de Egipto, para su reina y para su noble hijo, comprendiendo un curso de 4.000 millas escarpado, poderoso, levantado en lo alto.

                                                                               Agosto, día 5  del año 16 del Rey”.

En aquella fecha, el faraón era Tolomeo III Evergetes, la reina se llamaba  Berenice  y el hijo el futuro faraón Tolomeo IV  Philopator. La lengua era la de Libia,  emparentada con el egipcio y el maorí antiguo;  la escritura libia se utilizó en Nueva Zelanda hasta el siglo XV.

La larga experiencia del epigrafista Fell en la traducción de litoglifos libios y maoríes asegura la seriedad de la traducción que nos ofrece.

Pero como en Chile, al parecer, nadie entendía el libio antiguo y el maorí, los intelectuales rechazaron el estudio y Fell fue tachado de farsante Se dijo  “que confundir los dibujos pintados con escritura es un error inaceptable” [en La Semana Científica y Tecnológica, Año IV, nº 131 y 132 (13 y 20 de marzo de 1975) Santiago de Chile, Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica].

El asunto se dio por terminado en Chile, pero la identificación de Fell de litoglifos egipcios en Iowa y del origen egipcio de los jeroglíficos micmacs imponen una revisión de todo lo relativo a los egipcios, cuya influencia en América ya ha sido comprobada por los estudios de Ibarra Grasso, Heinke Sudhoff y otros antropólogos y arqueólogos. Como afirma Paul Gallez, ante el rechazo de los intelectuales chilenos, parece claro que

 “en el mundo entero, el hombre es renuente a admitir lo que no entiende”.

(*) Nombre genérico de los individuos pertenecientes a la familia lingüística india en un tiempo muy extendida en Norteamérica. Las tribus algonquinas se hallaban dispersas desde el río Churchill hasta las Carolinas y desde Terranova a las Montañas Rocosas.

(**) Antoine Simon Maillard (1710-1762). Falleció en Halifax (Canadá) el 12 de agosto de 1762.    

Con la ayuda del “Torquetum”

LOS EGIPCIOS EXPLORARON  AMÉRICA DEL SUR ANTES DE JESUCRISTO  Y SABÍAN CALCULAR LA LONGITUD

El torquetum es un ingenioso instrumento utilizado para medir directamente coordenadas eclípticas sin necesidad de cálculos a partir de otras coordenadas. Con el torquetum, denominado así en 1492, o tanawa, antes de Cristo, se podía medir la distancia lunar y de otros cuerpos celestes, y con la ayuda de tablas astronómicas   calcular la longitud del lugar de manera muy aproximada.

Vemos aquí el dibujo de un tanawa o torquetum encontrado en las “cuevas de los navegantes”, situadas en la bahía de McCluer, cerca de  Sosora, Irian Jaya (lat 5º S, Lon. 138º E) Nueva Guinea Occidental. (Cortesía de Barry Fell en “America B.C.”, New York, Simon & Schuster, 1976, p. 118). La fotografía del torquetum moderno es  de Richard A. Paselk en website humboldt.edu

En las mismas cuevas también se encontraron unas inscripciones descifradas por Barry Fell, en 1970,  en las que  se relata  que en el año 232 a.J.C. zarpó del Mar Rojo una flotilla egipcia de seis naves bajo el mando de Rata y Mawi, amigo de Eratóstenes (275-194 a.J.C), que habría llegado a las costas occidentales de América. Información facilitada por Rick Sanders [“Ancient navigators could have measured the  longitude”] en octubre del año 2001, publicado  en  21st. Century Science & Technology Magazine. Más información en website 21stcenturysciencetech.com

Más datos relacionados con los anteriores encontrará el lector en esta website: “Inscripciones egipcias en América”, basadas en la obra de Paul Gallez [Predescubrimientos de América, Bahía Blanca (Argentina), 2001, pp. 52-59]. Y es que inscripciones relacionadas con las de Nueva Guinea fueron encontradas en Tiguiririca (Chile), 34º 45 S,  en 1885 por Karl Stolp, y descifradas por Barry Fell en 1974.

PERIPLO DE  RATA Y MAWI

Según Rick Sanders,  los navegantes egipcios Rata y Mawi en el año 232 a.J.C. siguieron la ruta establecida en el mapa. Sin embargo, Paul Gallez ha hecho un razonamiento científico contrario a la ruta propuesta. En correo electrónico recibido el 20 de marzo de 2004 señala que “no me convence  el trayecto que suponen de ida al E a lo largo del ecuador. Las corrientes los harían ir al E entre 35º S y 45º S, y después subir al norte por la corriente Humboldt a lo largo de Chile y Perú”. Todo indica que Paul Gallez está acertado y puede comprobarse en la Lista de Ilustraciones, concretamente  en el mapa con “Las principales corrientes de los océanos”.  En realidad, la flotilla egipcia debió zarpar del E o SE de Australia aprovechando las corrientes East Australian y Southern Ocean y remontar la costa sudamericana del Pacífico favorecidos por la corriente de Humboldt. De este modo se explica que encontraran inscripciones egipcias en Tiguiririca (Chile).   


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